No hay tormenta, el mar yace inmóvil ante mis ojos hundiéndome alegremente en su quietud. Y me gusta, me gusta mucho perderme en él. No encuentro esas tempestades que me lanzaban de la proa a la popa a bruscos golpetazos fracturándome la sonrisa; los tiburones y las pirañas se han ido en busca de otra presa más fácil, que concienzuda, mezcle sus lágrimas con las del océano. Estoy bien, estoy genial. La inutilidad del sufrimiento me hace tirarme al suelo y sujetarme la barriga del no dolor que me producen las carcajadas por haber sucumbido a los desencantos de la tristeza y compadezco a quien sigue la melodía de su flautín.
Solo hay un problema, que ya no sangro. Y yo soy mucho de sangrar.
Creo que estoy esperando a la conjugación rojiza:
Yo sangré.
Yo no sangro.
Yo no sangraba.
Yo sangraré.
Yo sangro.
-Soy yo, la pesarosa encerrada. Libérame y déjame ser herida, déjame empaparte roja. No te faltan letras, te falta vértigo.
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