Y esque yo...

A veces me escondo... ¡Otras salgo aguerrida!

29.12.14

La idolatría que sentimos es inocente y pura, dentro de todo lo puros e inocentes que podemos ser.

Somos hijos de la noche sin talento como muchos otros lo fueron, con nuestras litronas derramadas sobre nuestro porvenir, arrugas falsas en nuestra mirada, tiritas usadas en las conversaciones que somos capaces de entablar entre la muchedumbre y mucha, mucha cara partida entre lo que querríamos ser y lo que seguramente nunca seremos.

Y perdónennos si les molestamos, ustedes que son capaces de versar la existencia, ustedes que juegan a  encontrar la palabra perfecta y lo consiguen una de cada tres veces, ustedes que saben tanto de romperse que nos enseñan como nos estrellaremos y como sabremos levantarnos para acabar de nuevo mordiendo el polvo y los polvorones en domingos de diciembre.

Perdónennos si nos aparecemos borrachos con grietas en la coherencia y balbuceando incongruencias sobre cosas que no importan lo bastante.
 Perdón. Perdón, mil perdones por no poder expresar lo que quiero que entiendan con la facilidad que ustedes tendrían de escribirlo.

Solo, solo eso. Somos hijos de la noche y del paroxismo, y el simple hecho de poder observar su mortalidad nos tranquiliza. El simple hecho de tocar de lejos el talento que no nos fue dado. Todo esto que es como llamar a distancia a un vendedor ambulante de toque de gracia.

Perdonen de nuevo. La veintena nos tiene removidos y como ustedes hicieron; nos apresuramos para tropezarnos los antes posible y poder decir

"sé lo que esos versos querían decir".


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