Y esque yo...

A veces me escondo... ¡Otras salgo aguerrida!

13.1.14

Alfonsina y el mar.


Cuando muera quiero cenizas en el mar, quiero la canción de "Alfonsina y el mar" de Mercedes Sosa,
quiero sonrisas -porque me estoy yendo anciana al lugar que más amo (sea anciana de veras o no)-,
 porque me estaré yendo.


6.1.14

-

No lo entiendes, me pides palabras que no están firmadas, me exiges que me desnude y no sólo
para follar, y no entiendes que es más fácil verme las tetas que ver lo que hay detrás de ellas. Te enfada, te desespera mi silencio pero no te das cuenta de que dice más que cualquier frase que pueda escupirte y que moje tu cerebro de forma innecesaria.

Son mis fantasmas, no quieras que sean también los tuyos por ahora, simplemente vamos a intercambiar las cosas sin forma que no asustan y por favor... no me lo digas. No me vuelvas a mencionar que te irás. Sé perfectamente que tienes alas, y eso te hace jodidamente especial, tanto que me dan ganas de pegarme unas con celofán a ver si consiguiera hacerme pasar por una especie de ángel a tu altura o algo por el estilo.

Pero por favor, no me lo repitas, no mientras estemos de cuerpos presentes cargándonos el mundo a balazos con nuestra maldita perfecta visión de fantasías. No lo hagas, estoy demasiado acostumbrada a tirar la toalla cuando ya alguien la va a tirar en mi lugar, y nosotros nos merecemos una historia bonita, más bonita que la de esas parejas vulgares que no tienen palomas en las yemas de los dedos.

Vamos a quedarnos sin munición mientras estés aquí, vamos a malgastar todas las balas que nos queden. Y espera por favor... espera y entiende sin presionar que tengo miedo, y que no puedo desmantelar ésto para ti hasta que nos hayamos comido todo lo que hay en la mesa.

Tú... pensar que eres tú.
Tú que estuviste aquí dentro desde que tengo conciencia de latidos acelerados y miedos.
Tú que fuiste el único, la comparación que si viniera a por mí sería la única opción posible.
Nunca has dejado de estar aquí, por eso, vamos a cargarnos todos éstos años a polvos y caricias, que ya te digo... creo que nos lo merecemos y las cartas están echadas a mala leche.


3.1.14

Lluvia.


Me pidió tiempo y le dije "lluvia".

Y llovía.


2.1.14

Chispea.



-Tranquila, solo está chispeando, es llovizna nada más... no tengas miedo.

-¿Cómo no voy a tener miedo si me dices que es sólo llovizna y yo ya estoy ahogándome? ¿Puedes imaginar lo que pasará cuando venga el chaparrón?

-Adiós...


Ausencia del mar y lágrimas.




Mis lágrimas pueden ser dulces por la ausencia del mar, pero eso no refleja dulzura, sino pura mierda.

Puta locura momentánea.


Me muerdo de ganas por decirte que quiero ser la sangre de tu poesía, el infierno en el que ardes, quiero ser la puta que te haga triturar tus sesos, y que los estampes contra el puto papel después de una paja lejos de mí. Quiero que te tires al puto tren por no haber raíles que te traigan hasta la cama en la que sabes que yazgo muerta de placer follando con otro. Joder, quiero ser eso que buscas hasta la saciedad, quiero que me busques y no me encuentres, quiero que te pudras en tu colchón pensándome.

Que te toque a tí tartamudearme, tirarte si me tiro, que no sea ella a la que recuerdes, si no a mí, y solo a mí. Ser tu droga chunga, tu puñal, el viento punzante que te jode la cara mientras paseas por la noche en mi portal cagándote en el puto miedo que no te deja llamar a mi puerta. Ser la posibilidad imposible que te abrace cuando solo te quede sitio para mí en tu habitación vacía, y joder, que no esté ahí, que no me tengas para decirme que me quieres a morir.

Quiero ser el amor romántico suicida que llora Cohen, la puta demencia que te lleve al manicomio, ser tan real como irreal. Ser ese maldito nombre en la pantalla de tu móvil que miras mientras estás borracho gritando mi nombre al vacío por el que caes. A la mierda, quiero ser todo y más, quiero ser la puta locura de la que hablan algunas canciones y que te acuerdes, que me odies, que me quieras follar hasta explotar de tanto odio invertido.

Mierda, escríbeme, mierda pon mi nombre a tus poemas, mierda quiéreme hasta que te reviente cada uno de tus órganos tal y como hago yo contigo hasta que se me paraliza la espina dorsal del frío y se rompe en pequeños cristales chirriantes en cada una de mis neuronas. Inviértete por mí y haz la locura de quererme tanto como yo te estoy queriendo aquí y ahora. Aquí y ahora, que no es un antes ni un después;           que es una puta locura momentánea.

Quiero ser jodidamente mala...

23.12.13

Colección de miradas.


Ensimismada en las miradas, a través de la mía y pasando por todo mi cerebro, en un porcentaje absoluto de un 2% (según esa conferencia última que escuché respecto insaciable órgano que se aloja en nuestra cabecita), camino por las calles de Murcia. He encontrado el brillo de las miradas que constantemente busco, éste se halla en los niños; no en los niños de 10 años (aquí ya empiezan a desvanecerse), sino en los niños-bebes de apenas dos docenas de meses de vida.
La mirada del niño-bebé es esa que caracteriza la constante observación, el recliclaje de emociones, el brillo insaciable de esperanzas y sueños inocentes. Me gustan los niños-bebés, ahora más bien me apasionan, allí, en sus silletas, espabilados, echado su cuerpo hacia delante mientras intentan abarcarlo todo, queriendo no perder detalle del entorno que les rodea, éste universo extraño en el que han aterrizado sin darle una mínima importancia a un por qué.
A veces les imagino brincando por cada rincón en el que se posan sus ojos, urgentes por no dejar nada fuera de su alcance, aún en su posición amarrada de un vehículo propulsado por sus mayores.
Después de ésta mi cavilación y pasional armonización con los pequeñuelos primogénitos de ésta ciudad, he pasado a un juego cuanto menos curioso y objeto de mi diversión. Las personas solemos imaginarnos a los niños en un futuro: "¡Cómo de guapo será! ¡Pobre, esa nariz crecerá zanahórica! ¡Será un hombre muy listo, mirad cuánto sabe ya!"   A mí, al contrario, me ha dado, fíjense por donde, por invertir éste rutinario juego; pasando así a ver a los adultos que tanto nos divertimos en ésto, como los niños-bebés con mirada de niños-bebés que fueron. Éste grato entretenimiento me ha tenido ocupada vivazmente durante algunas horas, es harto divertido imaginar a esa mujer de gafas con cara de "no me da tiempo a pasar por el supermercado" con un chupete en la boca, un lazito rosa en su cabeza y riendo con las muecas de sus mayores mientras hace pompitas de baba. Y ya ahí, me pregunto ¿Alguien la imaginó tal y como es ahora cuando fue lo que yo imagino que pudo ser? Este lo he repetido con cientos de caras, con cientos de niños babeando, llorando, riendo, observando en ceño fruncido, hasta agotarme de sonrisas. Cuántos se perdieron en el camino.
Cuántos han dejado su esencia en la vileza de una mirada apagada y sumisa, una mirada que no abarca apenas una vida interior podrida en la vulgaridad. Con ésta no me refiero -no se me malinterprete-  a ver personas tristes y enfadadas y sentir lástima sobre ellas, no, también adult@s con una sonrisa de boca a boca me han hecho sucumbir a la tristeza; empero, personas tristes han echo resurgirme en la esperanza de las no muchas -pero si existentes- miradas de niño-bebé que salvan la grisácea vulgaridad. No es pues el estado de ánimo, sino el brillo rafagado de sus ojos el que colecciono. Es una colección muy cuidada, y cada vez los adultos se alejan más y más de su admisión en este colectivo. Tengo un par de personas jóvenes, alguna mujer maquillada, un vagabundo, un señor con una boina, ancianos, muchos ancianos y ancianas entre otros, y aquí paro y me voy por las ramas, pues éstos sí que merecen una observación aparte entre otras diversas clasificaciones personales y llegan al final de mi recorrido de ésta mañana.
Los ancianos concentran gran parte de mi atención como excepciones parecidas a las de los niños-bebés, pero en ellos, cuando la ausencia del brillo se hace de notar, quebraja cuanto muchísimo más una grieta abierta al miedo -a mi miedo-; el de una persona anciana que no ha sido capaz de recobrar su mirada de niño-bebé.
Debe de ser terrible vivir hasta el fin de los días sin reconquistar esa visión infantil, carecer de esperanzas y quedarse parado y con la mano sujeta de la sudorosa insatisfacción por todo.
Ya es bastante triste que la mayoría de las personas vuelven al brillo en la vejez... pero no volver... eso no. Eso me aterra.