Y esque yo...

A veces me escondo... ¡Otras salgo aguerrida!

22.4.14

Carta a alguien que debería haberme cruzado.


Estás sentada en la cafetería, a tres mesas de mi palco especial desde el que puedo observarte secretamente y adentrarme en tus mundos catárticos. Desprendes galaxias a cada gesto o movimiento que llevas a cabo, eres la actriz de mi espectáculo, eres la protagonista de una película francesa llena de referencias literarias, de colores y de enfoques de cámara lentos; capaces de captar las mil y una briznas de tu innato talento. Llevas un moño mal hecho, con mechones y pelos que salen como fuegos artificiales de la simetría de tu, quizás, elegido desorden de peinado, que te hiciste  puede que hace 20 minutos, o tal vez horas antes de elegir ser mi manantial visual. Me pregunto que te ha traído hasta aquí, qué clase de fuerza te ha arrastrado a sentarte en esa mesa, ponerte tus gafas, pedir un café con leche y abrir el libro que sujetas entre las manos justo ante mis ojos.  Pareces extranjera, las personas de aquí no pasan las páginas de los libros como tú, no hacen esas muecas de interés desconcertantes para quien consiga advertirlas, no mordisquean su lápiz de apuntes cuando el paraje que leen les da cuerda a toda su imaginación; transmitiendo  así, de esa manera tuya, los sentimientos de a quién, gracias doy, escribió ese libro que te empapa de vida -y me abstrae a mí de la mía.


Eres mi libro, estoy leyéndote, devorándote como si estuviera a punto de llegar al epílogo justo cuando alguien quiere borrarte de las últimas páginas. Te retuerces, frunces el ceño, vuelves a acomodarte, te acaricias el pelo, te entristeces, te preocupas, te enfadas, te tranquilizas, rozas con el lápiz azul tus labios rojizos, haces acrobacias con él entre tus dedos, sonríes, muerdes tu labio. Incluso he podido contemplarte mientras reías en lo que parecía voz alta (quién llegase ha escuchar tu risa, quien llegara a escuchar tu respiración). Eres circo, eres luz, eres pureza y yo te inhalo con devoción, intentando que mis parpadeos sean lo más precisos posibles para no perderme detalle de tu viaje astroliterario.

Cierras el libro, dejas tus gafas sobre la mesa y pides la cuenta. ¿Sabes? Te invitaría. Como alguien dijo alguna vez: "las personas como tú no deberían pagar nada". Por fin entiendo lo que querían decir. Las personas como tú se merecen el maldito mundo a sus pies. Ni siquiera sabes que estás dentro de mí, que soy un reflejo de luz retenido en tus pupilas. Mientras me hago invisible a tus sospechas, pagas y te levantas. Nuestras miradas se cruzan y nos sonreímos con un matiz tímido y simpático. Te sueltas el pelo y veo como se mueve al compás de tus pasos diciendo adiós a mi ensoñación.


Si fuera un hombre, te hubiera hablado, no hubiera podido aguantar sin hacerlo. Si fuera un hombre me hubiera enamorado de tal manera de tí que antes pediría a gritos una tortura de la Santa Inquisición que dejarte marchar sin siquiera intentarlo. Pero no, no soy un hombre, y tampoco me atraes de manera sexual; pero esta mañana quisiera haberlo sido; haber sido capaz de tener la capacidad de albergar la ilusión de un día amarte como nadie lo ha hecho. No te hubiera besado de otra manera que una hermana o una madre (que es el amor más sincero y calmo del mundo) hoy, no nos hubiéramos follado como si fuéramos dulces bestias del deseo sobrepasando toda altura y velocidad posible. No, sólo te hubiera parado, te hubiera cogido de las manos y te hubiera suplicado:


-Por favor, tú no. Tú nunca encuentres tu lugar en este mundo -haz este mundo como es el tuyo. 


Pero te vas, y algo me dice que alguien arrancará tu mundo de ésta tierra. Pero yo estoy contigo, y quizás debiera haberte dicho que yo también sueño, y que además, no somos las únicas. Que aún el mundo (aunque sea el nuestro) alberga un esperanza para débiles soñadoras, y tiene un espacio guardado para que no nos rindamos. Que queda esperanza, y que las flores de ciertos jardines, siempre, siempre, vuelven a crecer si las riegas con la perspectiva adecuada.


Porque también nosotras sabemos que la tristeza no es la ausencia de alegría.






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